Loca

Bajando del taxi me di cuenta de cuánto habían cambiado las cosas. 

Ya eran alrededor de las 11. 

La calle estaba vacía pero aún así las luces estrilaban en colores sobre los adoquines húmedos de la Perón. 

Tac tac tac tac. … los stilettos taladraban el silencio nocturno y parecían hacer eco. Así que pegué un saltito subiendo a la vereda y me detuve, un segundo, para contemplar el zaguán desvencijado. 

Cuánto tiempo había pasado. 

Ya 15 años. 

Y allí estaba, como una ruina luego de la guerra contra el progreso, los vestigios del que fuera el último conventillo en el conurbano. 

El viento húmedo del verano trajo el perfume de las madreselvas del patio interno. Trajo el ronquido de los perros y algunos recuerdos. 

Y no queriendo profundizar, mi pierna, adornada con la media negra y el zapato rojo fuego dió un paso sobre el escalón, y empujando la puerta pesada y verde tuve la sensación de haber despertado a toda la bendita ciudad con su lastimoso quejido. 

La dejé cerrarse sola tras de mí, viendo cómo la luz de la calle desaparecía y mi sombra se fundía con la oscuridad del pasillo. 

Solo en el fondo, algo de claro de luna…alumbrando aquel macetero enorme donde las enredaderas trepaban una palmera de la que ya no quedaba casi rastro.

Caminé, intentando que la pisada fuera discreta, rumbo a la que era «mi casa» …

Pero entonces «clac» …un sonido a quiebre y me empequeñeci de pronto de un costado. 

El taco se había clavado en un hoyo del suelo. 

Miré al piso, miré hacia adelante … .miré al piso de nuevo y suspiré pesadamente, maldiciendo a mis ancestros, que en tanto tiempo jamás pudieron arreglar esa carpeta pintada a mano y arenosa. 

¡Y yo …que venía a redimirme! ¡Y yo! Observé el taco metido en el hoyo a duras penas entre las sombras un instante, y sentí que me absorbía de a poco, como si el agujero se hiciera más grande, más profundo, y me tragara junto con todo el conventillo para llevarme al pasado. 

Nos ví, jugando a las bolitas e intentando meterlas en ese mismo hoyo. El desperfecto ideal para hacer nuestra cancha de contiendas diarias, viendo rodar los cristales y peleando a los gritos siempre al final. 

Pero no había vuelta. Al rato yo siempre pegaba el giro en ese laberinto de habitaciones y tocaba tu puerta para disculparme, y vos me regalabas alguna de las «gigantes» para hacer las paces conmigo.

 ¿Cómo no íbamos a ser amigos? Si nos habían parido en el mismo hospital de San Fernando, pegado a lo que fuera nuestra casa , y habíamos ido juntos al jardín soñando con llegar ahí donde iban «los grandes» que se juntaban a fumar en un rincón y nos saludaban por la ventana, en aquellos recovecos de la media 6.

Nos habíamos criado entre los mismos cuartos y olores, y con las mismas ollas enormes compartidas entre vecinos los fines de semana. 

Corríamos los mismos colectivos solo para ver quién se colgaba primero de la parte de atrás hasta que se bajaba el conductor del bondi para amenazarnos, y ambos, hablábamos con don Julio; el diariero, para preguntarle si iba a llover mientras el otro se robaba una Billiken. 

Éramos sin dudas , los maleantes del barrio. Y vivir en el conventillo nos daba ese toque de malevo que bien todos sabían mencionar antes incluso de preguntarnos el nombre.

No nos importaba. No nos importaba nada, mientras estábamos juntos. 

Pero como todo es complicado en esta vida, y nuestra niñez no era excepción a eso, nos hermanaba también llenar con las tragedias de nuestras infancias el cofre enorme de nuestros secretos. 

Yo ya sabía que si tu padre, militar hecho y derecho, te veía jugando conmigo; o venía de mal humor y tu madre aún no tenía la comida hecha, iba a tener que consolarte al día siguiente. Tapando los moretones con curitas inocentes e inventando peleas con patoteros para la chusma de la escuela. 

Y vos sabías…que cuando ese tío llegaba y cerraba la puerta con tranca, no ibas a poder hablarme después por días. Porque yo me guardaba escondido atrás de la pieza del tano para llorar sin que me vean hasta que se me pasara la sensación de mugre y de dolor del cuerpo. 

Nos amabamos. De la manera más pura y más hermosa que yo jamás haya conocido. Y me gustaba regalarte los cuentos que escribía en donde vos siempre eras el héroe…y yo, el desdichado en apuros, porque quizá en el fondo sentía, que mirando tus ojos, pequeños y verdes como el delta que nos rodeaba; y en el que habíamos crecido , me salvaba de la propia vida.  

Así nos mantuvimos, viendo los autos pasar, cada vez más modernos sobre el mismo empedrado. Hasta que empezamos la secundaria. 

Ya tu padre había subido de rango, y el ambiente se sentía algo agitado por aquellos años. Los 70. 

Te habías vuelto jugador de fútbol, con el equipo de la escuela y a pesar de que aborrecía el deporte, siempre hallaba placer en ir a verte. 

Tu cuerpo adornado de sudor, brillando con el sol como un rocío dorado, corriendo sobre el campo, era una visión que hacía que el alma se me deshiciera por la boca,mientras gritaba tu nombre para alentarte. 

Creo que sabías, ya por esas alturas, de mis particulares modos. 

Más de una vez le rompiste la boca a Juancho, el hijo del fletero, cuando camino a la escuela se asomaba por el pequeño balconcinto a gritarme «loca». 

Si. Vos sabías. Que no estaba loca al menos. 

Era un ente desahuciado y sensible en el cuerpo recio de un matón del conventillo. 

Admirabas mis escritos y siempre me pedías leerlos. Eras mi más cruel veedor a la hora de juzgarlos, pero siempre pensé que era porque me querías , y porque sabías lo que podía dar. 

Eras el único. 

Y esa tarde, en el nuevo bulo de soltero de tu padre en la zona «cajetilla» sobre Constitución, cuando después de un partido tomaste mi mano , fue el estallido de este volcán que yo ya no pude contener y al que le llamo deseo. 

Fue sin querer supongo.

 Tu viejo no estaba y nos habíamos tomado su Legui de un tirón. 

Yo estaba enojado por un comentario tuyo. Ya con mi pelo algo más largo y mi remera ajustada , marcandome el torso, amenacé con irme. 

Pero algo en vos no me dejó hacerlo. Te levantaste de la cama , y me  agarraste la mano. Y mi ser, contenido desde que descubrí tu existencia frente a mí, se despojo de la culpa y de la vergüenza para atreverse a darte el beso. 

Desconcertado estabas. 

Me miraste, bien de cerca. Tanto, que podía sentir tu exhalación sobre el labio superior. Y yo, hundiéndome una vez más en el bañado claro de tus ojos, a punto de llorar por lo que había hecho. 

Una puerta se abrió de golpe, y tu padre que entraba, se quedó estupefacto. 

Pasaron varios días. 

Y no volví a verte … Me sentía tan mal, que mi madre pensó que había pescado la fiebre esa que estaba de moda, y me dejó faltar a la escuela. 

Pero vos tocaste la puerta. 

Atrás, tu propia madre, a quien habías ido a visitar… yo pensé que venías a contarlo todo. De hecho me esperaba una piña de esas que nos dábamos jugando a las luchas a veces, pero no era eso. 

«Tenés que irte» dijiste. «Tenés que irte de acá, porque las cosas están difíciles y creo que mi padre va a venir por vos. El nunca nos va a perdonar». 

«Y vos, ¿nos vas a perdonar?» te repliqué. «¿Hay algo que perdonar?» 

Y mientras te sostenía la mirada con soberbia fingida, quien me había dado a luz, que ya entendía o sobrentendia todo, comenzaba a armarme un bolsito. 

Esa fue la última vez que dejé que me dijeran loca. Mi madre, gritando que por ser una «loca» ahora metía a todos en vericuetos. 

La tuya, porque no deberías haberte juntado con esta «loca» , pero sabes … el que más me dolió fue el tuyo. 

Y yo nunca pude descifrar si fue porque lo sentías , o solo por alejarme para mantenerme a salvo … 

«Solo andate, loca reventada» …y al pronunciar esas palabras se desprendieron dos lágrimas enormes , traslúcidas , por tu cara, dejando a su paso la marca presurosa de un arroyo, surcando la cicatriz bajo tu nariz y el golpe horrible que te habían dado y aún se notaba en tu mentón.

Me fuí.

Corrí a una estación . A una ruta. A un puerto …y me lleve a tierras lejanas por muchos años.

 Trabajé en mis penas y las hice poesía y trate de curar mis heridas en un lugar donde ser loca era arte , y la gente se decía libre ,y alegre , como yo solo había Sido con vos , en aquellos pasillos, jugando.

Y ya no quise mirar para atrás y jure volver solo para mostrarles a todos, como yo si podía ser alguien, siendo aquello que ellos despreciaban. 

Con los años llegaron el reconocimiento y el nombre. 

Y llegaron mis libros viajando en aviones hasta la nueva Buenos Aires. Incluso hasta el barrio. 

Y una satisfacción perniciosa e infantil me hizo querer bajarme en sus calles con mis maletas de Gucci y mis diplomas. 

Iba a ser la mejor venganza. 

Llegar con el propósito de perdonarme, a mí misma ahora, por aquellos años de autodesprecio y de desconsuelo. 

En el fondo, siempre fui yo…con nueva ropa, y nuevo nombre, y con años de vida encima;muchos amores y fiestas con intelectuales; con zapatos caros y paseos en yate …y con … siempre con este hambre, que terminaba por dejarme vacía, de ir a esos rincones a decirme en voz alta que estaba bien ahora…

Así lo hice. Crucé un océano para volver a la simpleza del barrio que me había visto de niño. Y escabulléndome en la silenciosa noche, llegué de nuevo al zaguán del conventillo. 

Hasta que pisé ese maldito agujero. Y allí mis berretines de diva empoderada, de diosa del Olimpo que se dignaba a tratar con humanos fueron a parar a dos centímetros redondos del encadenado del suelo. 

Sentí un roce en la oscuridad y me giré sobresaltada. 

Una mano destrababa el taco, y me liberaba como se libera un animal de una trampa de osos en la nieve. 

Era la tuya… y aún casi a ciegas, cuando al fin te paraste,el resplandor de la rendija hizo destellar tus ojos verdes, siempre verdes y hermosos, mi amor …

¡Y yo que venía a redimirme! ¡Yo que venía a reivindicarme !

«¡Tanto tiempo loca!» Salió de tus labios… y yo sabía que ya no era un insulto, sino vos sabiendo quien siempre había sido. 

«Tanto tiempo» susurré, atorada en tu sonrisa.

No quería ser perdonada. 

Ni por los míos, ni por mi misma , ni siquiera por vos….

Yo que venía a redimirme me di cuenta, de que solo había vuelto  por todo esto que siempre apreté entre los puños, y aferré en el pecho, por esto, que siempre había significado amarte. 

Antología Relatos de una pandemia inesperada.

Muy buenas a todos! Hace bastante no ando por aquí. Quería compartir mi participación en este proyecto de Caza de Versos en el que fui seleccionada! ❤️

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En la publicación está el link del libro. Les dejo un abrazo gigante.

El cuello roto de la botella.

Lucrecia tenía las trenzas más largas y sedosas que yo hubiera visto. Muy largas. Y cuando el sol les daba de lleno por la ventana parecían bañadas en rocío. 

Obviamente, esto no solo lo notaba yo, si no también mi madre, quien cada vez que Rosa venía a casa, con Lucrecia flameando de su mano cuál banderín, no paraba de halagarlas.

Y no solo a sus trenzas. Más bien a toda Lucrecia. 

«Mira esas medias- decía- que bonita puntilla! A esta no podés ponerle eso, porque nada le dura limpio»

«Pero qué alta, que alta y que delgada estás Lucrecia! -y me miraba- ves que vos si estás gorda? A los gordos no los quieren. «

«¡Qué bien que se porta Lucrecia! ¡Es la hija que toda madre quisiera! ¡Ay! Porque no podés ser más así?» … y bla bla bla … con la Lucrecia. 

Obviamente yo la odiaba. A Lucrecia, y otro poco a mi madre. 

Pero a Lucrecia la odiaba. Sobre todo porque se notaba su sonrisa de regocijo cada que llegaba, y se retorcía de malicia, cuando empezaba mi madre a compararme con ella . 

Sí, odiaba a Lucrecia. Porque se le notaba que era mala. Pero al parecer solo yo me daba cuenta. 

Cada visita de Rosa era un suplicio que me cortaba la tarde en seco, dejándome sin energías para jugar. Ya los últimos tiempos me escondía . Sobre todo si venía con Lucrecia. Porque a ella se le había dado por juegos raros de doctores, y secretarias y otras pestes, que si me negaba a jugar, me valían una amenaza de correr con el cuento a mi madre. 

Ella sabía sí, sabía lo que pasaba con mi madre. Y yo sabía que mi madre siempre le creería a Lucrecia. 

Pasaron unos cuantos años, quizá fueron meses, pero para mí se hacía eterno el tiempo en aquel entonces, y algo dentro de mí crecía, oscuro y siniestro, como un huevo podrido y frágil. 

Quizá no entendía bien qué era, pero en las noches soñaba con Lucrecia. ¡Oh! Lucrecia, con tus bellas trenzas… que ganas de que un tren te pise y te las arrebate. 

Con el correr de los días en el horizonte, las visitas de Rosa se escucharon menos en el pórtico cada vez más plagado de orejas de elefante y enredaderas. Mi cuerpo, torpe, gordo, inútil, fue cambiando al de alguien que quería correr despavorido por la vida lejos de cualquier atisbo de recuerdo. 

El mundo fue dando giros, y donde había pasto y alguna oveja, el barrio ofreció ahora una torre. Y dónde había una calle de tierra, ahora había asfalto y bicicletas eléctricas. También, dónde hubo una madre, ahora no había nadie. Y me tocó regresar a esa casa derruida por el tiempo y hecha añicos. 

No iba a permanecer mucho tiempo. Solo lo suficiente para juntar lo poco valioso que sintiera hubiera quedado allí, como rehén de mi infancia, preso luego de mi huida: una muñeca vieja que amaba,  el estante de juncos donde ponía mis libros, ya favoritos en mi vida, y una capa tejida con la que jugaba a ser invisible. 

Pero será perra la existencia, que esa misma noche las luces encendidas deben haber revuelto el avispero, y poco después de las 10  sonaba mi timbre. 

¡Qué sorpresa al abrir la puerta! ¡Oh! ¡Bella Lucrecia! Radiante, delgada, hermosa como siempre. 

Por un instante quedé petrificada. Sentí como mis ojos se agrandaban, como si una parte de mi estuviera frente a un ente espantoso salido de un cuento de horror. 

Sentí el pasillo estremecerse y hacerse oscuro de repente, y el zumbido del viento que entraba por el zaguán me estremeció, y comencé a temblar. 

-¡Estás blanca! Me dijo – ¿estás bien? ¿Cuánto tiempo? 

Ella sabía, yo sé que ella sabía cómo había sabido siempre, que yo sentía miedo. Pero tragando saliva, e intentando mostrarme entera, la invite a pasar, latiendo en mí, aún, el huevo podrido y frágil, lleno de todas las cosas más horribles, más irremediables y temibles que pudiera sentir un humano. 

Ambas nos acomodamos en los viejos muebles de la cocina, mientras servía una copa de vino, y respondía con aires de superada al interrogatorio malicioso que aquella me lanzaba. 

-Tu mamá se puso triste cuando dejaste de venir-me dijo- no te sentís un poco mal por eso? Ella te extrañó mucho. 

El dedo en la llaga abierta me hizo vaciar la copa en un trago. Cómo siempre, era mala . Se regocijaba como siempre. 

-Si Lucrecia, yo también la extrañé mucho. Pero el trabajo y el estudio no me permitían verla. 

-Aaaa…- suspiró – … y a mi? No me extrañaste? 

Ya había pasado casi una hora. La casa se había vuelto pesada y el aire denso me hacía doler el cuerpo. Por un instante, creí ser la niña escondida tras las orejas de elefante, evitando mirar a los ojos a ese animal perturbado , tiritando de pánico, sin tener quien cuidara de mi. 

Pero al oír esas palabras, escuché un ruido extraño, un crujido , algo partiendose,muy cerca, y muy fuerte. 

La sensación de miedo desaparecía, y ahora, una furia secreta me llenaba de perverso coraje, y me sumía en un papel, cuál actriz,de dueña de mi vida, de loca, de mala tan mala como Lucrecia.

Contoneándome un poco le dije: 

-sí, también a vos. Me has dado muchas cosas valiosas, que he llevado conmigo y me han mantenido tenazmente viva. 

Jugaba con el borde del vaso, la miraba fijo a los ojos, y le hablaba sin titubear. 

Ella se jactó entonces y  me respondió que lo imaginaba, y quiso, en algún extraño impulso acercarse a mí. 

Esa fue la última noche que nadie vió a Lucrecia. 

Por un desperfecto de la casa envejecida, enmohecida y quejumbrosa, la electricidad falló, provocando un terrible incendio que lo consumió todo hasta reducirlo a cenizas. Incluyendo a la idiota de lucrecia,que ebria en el sillón, no pudo atinar a salir. 

Nadie jamás osó siquiera sospechar que el huevo se había roto, y mi alma, ahora hecha trizas, no pudo contenerme antes de quemarlo todo, de aventarle a la bestia mía unas treinta puñaladas con el cuello roto de la botella. 

Oh Lucrecia, ya no SOS tan bonita ni tan poderosa  ahora, verdad? 

El grito.

El grito. 

Corría por la calle como condenada, tratando de escapar de la lluvia que caía copiosa entre los árboles.

El día gemía horrible entre truenos y rayos que iluminaban de azul la calle. 

Con la ropa empapada y el pelo pegado a la cara, se avienta sin reparo sobre la reja de su casa, y al fin al abrir la puerta, suelta el bolso y las llaves en el suelo.

Desconcertada, inhala un par de veces, inmóvil, mirando algún punto perdido del pasillo.

Quizá su mente buscaba un segundo de silencio para procesar lo que había pasado. 

Repasó en su cabeza, como en una cinta en blanco y negro cada recorte de memoria. 

El se subió al auto. Ella no pudo decirle… él simplemente se fue. 

Parecía hipnotizada viviendo de nuevo la imagen vivida del taxi que partía frente a sus ojos sin poder hacer nada. 

Muchos años al resguardo de su tierna amistad y dando por hecho su presencia. Tanto tiempo guardando el secreto, egoísta, de quererlo. 

Quizá era lo mejor. 

Pero mientras se debatía estas cosas, el calor de la casa comenzaba a envolverla, y reaccionando al fin, como quien sale de un trance, el dolor se hizo grande y la dobló en dos. 

Nunca había sentido algo igual. Era una lanza atravesada en el pecho. Se vio a sí misma colgando de ella, sin poderla quitar. 

Se vio flotando en el aire, intentando arrancarla con ambas manos, mientras se le desgarraba el alma.

Era tarde … o no. 

Y las lágrimas rodaron mientras por la puerta aún abierta, entraban el agua, alguna hoja, y el viento.

En su bolsillo, una luz intermitente comenzó a vibrar, sin darle importancia al principio. 

Ante la insistencia, saco el teléfono, mojado también. Era su número, y una voraz desesperación la hizo atender. 

Su voz, como siempre,era calma. El sabía hablar pausado y parecer eterno. 

No pudo esperar a que terminara la frase, se imaginó nuevamente, intentando desclavar la lanza… te amo- gritó. Como un aullido. Sin medir el tono, sobresaltado e impaciente. 

-Te amo. – repitió. 

Y se apretó el pecho para tratar de que su corazón no escapara, mientras esperaba la respuesta.

Una carta…

Quizá por los tiempos que corren, con la tecnología y la prisa de la vida, esto sea raro. No me importa. 

Quiero creer que no hay nada más honesto que la palabra saliendo ahora de mi mano, que está unida a mi cuerpo, y por ende, a mi corazón. 

Nunca dije esto antes, y aún no entiendo bien porqué , pero así fué. Me lo guardé para mí. 

Pero quisiera empezar por dónde debo, que es hace años luz atrás.

En el peor momento de mi vida, yo entré a una sala a hablar de mi hijo. Ahí estaba esta mujer, seria, de labios rojos, y también estabas vos. Y yo te ví. 

Y mientras hablaba y lloraba, porque todo estaba roto, aún una parte de mí te creyó lo más hermoso sobre la faz de esta tierra. 

Te ví. Y una parte de mi alma se consolaba diciendo : » todo lo que pasó te trajo frente a su cara hoy». 

Después la vida me hizo tenerte enfrente por algunos años, y yo acalle el murmullo de la primera vez en pos de lo correcto.

Esa primera impresión que marcó el pecho debía ser silenciada. Y aprendí rápido los límites que nos mantenían unidos dentro de esa sala horrible a la que iba a contarte que me sentía mal. 

Lo logré con éxito, Salvo esa vez que al saludarte toqué tu cintura, y al notarme poniendo mi mano en tu cuerpo , me corrió por el cuerpo mío un pulso eléctrico que me incomodó un buen par de días. 

O esa vez, que después de una buena noticia, la primera persona en la que pensé para contarle, fuiste vos. 

Salvo esas veces, adormecí esto que guardaba con recelo, porque me gusta creerme alguien capaz de hacer lo que hay que hacer. 

Pero debo admitir que después de tanto tiempo, el solo hecho de seguir quedándomelo me duele. 

Y es que no sé como pasan estas cosas. 

Supongo que «pasan».

El no tener el control sobre esto me quita el sueño, porque te aseguro, intenté fuerte no recordarte.

Traté incluso de odiarte basada en nuestras obvias e irreconciliables diferencias. Procuré llenar mi cabeza de cosas, Miles, útiles, inútiles, vacías o con mucho sentido.

Aprendí idiomas, hice un año de carrera, probé laburos nuevos… Pero al final del día , me encontraba rogando que todo cuánto hiciera me volviera de algún modo «digna» o al menos cercana a vos. 

¡Qué absurdo! 

Es el karma. Te lo digo. 

Y pensar que eras vos quien solía hablar del universo. 

Hoy éste me pega fuerte en la cara, trayendo cada dos por tres el recuerdo de tu risa de nene chiquito (cuando es honesta) , o esa manía por acariciar algún objeto.

No puedo más. 

Se lo digo a aquel que me pidió buscar a alguien «con hijos y en mis mismas circunstancias». Ya no puedo. 

Porque es más fuerte el murmullo, que ahora grita «todo lo que te pasó fue para conocerlo» , y la impronta de tu cara y de tu voz , ese día. 

Es una mierda. El amor ,digo. 

Porque aunque no quiero,lo siento. 

Si creía que ya había pasado por todo,me equivocaba.

No hay nada peor que esto.

Y aún así,no espero nada. 

Más que el hecho de que tus días se colmen de deseos cumplidos y la felicidad que todos anhelan tanto. 

No espero nada…

Pero este triste mundo, yo no quería dejarlo sin decírtelo, que te quiero, y quizá, por tu existencia, tan pequeña y hermosa,sea algo menos triste. 

Hoy lanzo mi verdad al universo. Te quiero. 

Te quiero… desde ese día en el que casi no hablaste, yo te quiero. 

Hoy suelto mi verdad a ese universo que te gustaba mencionar. Y no, no espero nada, más que alivio. 

Si de algo sirve, en tus días malos, recordá al menos que yo te quiero.

De los diarios.

«(…) Me desperté y ví que todo esto me sobrepasaba. Que no había horarios que bastaran, porque las horas eran eternos lazos de agonía que me condenaban a esperar un mensaje que nunca llegaba.
Corrí con la mano la cortina sobre mi cabeza, y perdida en la claridad de la mañana,pude ver el valor de una mísera palabra. El obstinado poder de la llamada comunicación.
Me pregunté: ¿Cómo podés decir que me amas ,si no me podés decir buenos días? Si no me decís «estoy llegando», o «voy más tarde»…o «mátate hija de puta!» . No sé…algo. ¿Dónde están las palabras que refuerzan el hecho? ¿Y los hechos?
Suspiré cerrando los ojos, con el baño de luz aún cayendo en la cara ,y solo quise quedarme así siempre. Esperando. Sin conciencia de lo que esperaba.
Aún así, el reloj correría sin pensar en detenerse. Porque el tiempo es lo único que no espera.
Así la mañana se haría tarde,y la tarde noche, y yo seguiría en mi cama viendo cambiar el cielo como un cuadro al revés.
Y cuando al fin llega el mensaje, ya no quiero atenderlo. Me cargué de tantas dudas, tanta ira y soledad, que ya no sé si bastaría , o si tendría el valor de hacerlo.
Detrás del mensaje, se oye el golpeteo en la puerta. Pero mi cuerpo está cansado, y mi corazón está cansado, y no quiero levantarme a atenderte.
Entonces en un flash, viene a mi mente esta lluvia de mierda, dónde te veo sin parar, sobre lo que fuimos nosotros.
También aparecen los demás. Todos los que sufren por mí, casi tanto como yo.
Y allí, como la luz al final del oscuro túnel, aquel recuerdo…el único en el que fuimos felices.
Cuántas cosas perdimos. Me pregunto si se podrán recuperar alguna vez. No creo.
Y me levanto.
Y abro la puerta.
Y me abrazas.
Y ahí es donde la historia deja de repetirse brevemente,solo por un rato, después de tanto sangrar.»

Pérdida.

Pérdida.

Era ya bastante tarde, cuando Agustín salió disparado a la cuadra donde tomaba el taxi. 

Menos veinte le marcaba impaciente el celular. Y la urgencia se hacía carne en la cara transpirada y la agitación.

Llegó al lugar sin aliento, y con desasosiego, vio a lo lejos la columna amarilla de vehículos marchando. 

Solo quedaba hacer un par de cuadras más, y esperar el 81, entre el tumulto ruidoso de la ciudad y tratando de esquivar a los ciclistas y las mujeres apuradas con bolsones gigantes que parecían desfondar el 11 cada día. 

Así lo hizo. Con paso ligero y la mochila ya flameando cuál bandera se precipitó a Pueyrredón.

La calle, extrañamente vacía, no le importó. De hecho se sintió alegre de por fin poder cruzarla como una gacela felíz cruza un prado. Se imaginó, incluso, con un pelaje lustroso, reflejando el sol ardiente de la ciudad mientras corría.

Pero la alegría duraría poco, porque al llegar, una sensación terrible, de alerta, casi de miedo, le nubló la exitosa hazaña. 

¿Qué se olvidaba?

«¿Qué me estoy olvidando?» Se repitió. Una y otra vez como un mantra maldito. Se tocó los bolsillos. Llaves, teléfono, documentos.

Revisó la mochila azul y gastada. Tenía la sube en un compartimiento interno, un par de cuadernos y el termo y el mate. 

¿Sería el barbijo? 

Lo tenía colgado del mentón, como una bufanda. No era eso. ¿Los permisos? Hurgó en la aplicación y estaba en orden.

Pero ese horrible sentimiento persistió como un palpito mordaz que le hacía sentir el cuello rígido y le aceleraba el pecho. 

Intentó calmar el torrente adrenalínico mientras miraba cada tanto, aguardando el 81. No llegaba. 

¿Qué era? Repasaba los detalles en su cabeza. Había sonado la alarma a las 7. Había desayunado y tomado su ducha. 

Había preparado el bolso, como cada día. Cada paso meticulosamente dado según la costumbre. La rutina que implacable ya se hacía sola, como en automático, llevado por su vértigo y su ritmo frenético.

A lo lejos, un auto a toda velocidad.

Demasiado consternado, lo ignora. Hasta que se oye la frenada violenta y puede olerse el caucho quemado como un incendio. El vehículo se asoma a toda velocidad sobre su distraída espalda, y estalla sobre la parada, arrastrándolo a su paso. 

Una pena realmente. Una pena. Porque lo que Agustín olvidaba, es que era domingo, y no trabajaba.