El cuello roto de la botella.

Lucrecia tenía las trenzas más largas y sedosas que yo hubiera visto. Muy largas. Y cuando el sol les daba de lleno por la ventana parecían bañadas en rocío. 

Obviamente, esto no solo lo notaba yo, si no también mi madre, quien cada vez que Rosa venía a casa, con Lucrecia flameando de su mano cuál banderín, no paraba de halagarlas.

Y no solo a sus trenzas. Más bien a toda Lucrecia. 

«Mira esas medias- decía- que bonita puntilla! A esta no podés ponerle eso, porque nada le dura limpio»

«Pero qué alta, que alta y que delgada estás Lucrecia! -y me miraba- ves que vos si estás gorda? A los gordos no los quieren. «

«¡Qué bien que se porta Lucrecia! ¡Es la hija que toda madre quisiera! ¡Ay! Porque no podés ser más así?» … y bla bla bla … con la Lucrecia. 

Obviamente yo la odiaba. A Lucrecia, y otro poco a mi madre. 

Pero a Lucrecia la odiaba. Sobre todo porque se notaba su sonrisa de regocijo cada que llegaba, y se retorcía de malicia, cuando empezaba mi madre a compararme con ella . 

Sí, odiaba a Lucrecia. Porque se le notaba que era mala. Pero al parecer solo yo me daba cuenta. 

Cada visita de Rosa era un suplicio que me cortaba la tarde en seco, dejándome sin energías para jugar. Ya los últimos tiempos me escondía . Sobre todo si venía con Lucrecia. Porque a ella se le había dado por juegos raros de doctores, y secretarias y otras pestes, que si me negaba a jugar, me valían una amenaza de correr con el cuento a mi madre. 

Ella sabía sí, sabía lo que pasaba con mi madre. Y yo sabía que mi madre siempre le creería a Lucrecia. 

Pasaron unos cuantos años, quizá fueron meses, pero para mí se hacía eterno el tiempo en aquel entonces, y algo dentro de mí crecía, oscuro y siniestro, como un huevo podrido y frágil. 

Quizá no entendía bien qué era, pero en las noches soñaba con Lucrecia. ¡Oh! Lucrecia, con tus bellas trenzas… que ganas de que un tren te pise y te las arrebate. 

Con el correr de los días en el horizonte, las visitas de Rosa se escucharon menos en el pórtico cada vez más plagado de orejas de elefante y enredaderas. Mi cuerpo, torpe, gordo, inútil, fue cambiando al de alguien que quería correr despavorido por la vida lejos de cualquier atisbo de recuerdo. 

El mundo fue dando giros, y donde había pasto y alguna oveja, el barrio ofreció ahora una torre. Y dónde había una calle de tierra, ahora había asfalto y bicicletas eléctricas. También, dónde hubo una madre, ahora no había nadie. Y me tocó regresar a esa casa derruida por el tiempo y hecha añicos. 

No iba a permanecer mucho tiempo. Solo lo suficiente para juntar lo poco valioso que sintiera hubiera quedado allí, como rehén de mi infancia, preso luego de mi huida: una muñeca vieja que amaba,  el estante de juncos donde ponía mis libros, ya favoritos en mi vida, y una capa tejida con la que jugaba a ser invisible. 

Pero será perra la existencia, que esa misma noche las luces encendidas deben haber revuelto el avispero, y poco después de las 10  sonaba mi timbre. 

¡Qué sorpresa al abrir la puerta! ¡Oh! ¡Bella Lucrecia! Radiante, delgada, hermosa como siempre. 

Por un instante quedé petrificada. Sentí como mis ojos se agrandaban, como si una parte de mi estuviera frente a un ente espantoso salido de un cuento de horror. 

Sentí el pasillo estremecerse y hacerse oscuro de repente, y el zumbido del viento que entraba por el zaguán me estremeció, y comencé a temblar. 

-¡Estás blanca! Me dijo – ¿estás bien? ¿Cuánto tiempo? 

Ella sabía, yo sé que ella sabía cómo había sabido siempre, que yo sentía miedo. Pero tragando saliva, e intentando mostrarme entera, la invite a pasar, latiendo en mí, aún, el huevo podrido y frágil, lleno de todas las cosas más horribles, más irremediables y temibles que pudiera sentir un humano. 

Ambas nos acomodamos en los viejos muebles de la cocina, mientras servía una copa de vino, y respondía con aires de superada al interrogatorio malicioso que aquella me lanzaba. 

-Tu mamá se puso triste cuando dejaste de venir-me dijo- no te sentís un poco mal por eso? Ella te extrañó mucho. 

El dedo en la llaga abierta me hizo vaciar la copa en un trago. Cómo siempre, era mala . Se regocijaba como siempre. 

-Si Lucrecia, yo también la extrañé mucho. Pero el trabajo y el estudio no me permitían verla. 

-Aaaa…- suspiró – … y a mi? No me extrañaste? 

Ya había pasado casi una hora. La casa se había vuelto pesada y el aire denso me hacía doler el cuerpo. Por un instante, creí ser la niña escondida tras las orejas de elefante, evitando mirar a los ojos a ese animal perturbado , tiritando de pánico, sin tener quien cuidara de mi. 

Pero al oír esas palabras, escuché un ruido extraño, un crujido , algo partiendose,muy cerca, y muy fuerte. 

La sensación de miedo desaparecía, y ahora, una furia secreta me llenaba de perverso coraje, y me sumía en un papel, cuál actriz,de dueña de mi vida, de loca, de mala tan mala como Lucrecia.

Contoneándome un poco le dije: 

-sí, también a vos. Me has dado muchas cosas valiosas, que he llevado conmigo y me han mantenido tenazmente viva. 

Jugaba con el borde del vaso, la miraba fijo a los ojos, y le hablaba sin titubear. 

Ella se jactó entonces y  me respondió que lo imaginaba, y quiso, en algún extraño impulso acercarse a mí. 

Esa fue la última noche que nadie vió a Lucrecia. 

Por un desperfecto de la casa envejecida, enmohecida y quejumbrosa, la electricidad falló, provocando un terrible incendio que lo consumió todo hasta reducirlo a cenizas. Incluyendo a la idiota de lucrecia,que ebria en el sillón, no pudo atinar a salir. 

Nadie jamás osó siquiera sospechar que el huevo se había roto, y mi alma, ahora hecha trizas, no pudo contenerme antes de quemarlo todo, de aventarle a la bestia mía unas treinta puñaladas con el cuello roto de la botella. 

Oh Lucrecia, ya no SOS tan bonita ni tan poderosa  ahora, verdad?