Notas Marginales ya está en físico!

Finalmente luego de mucho trabajo, mi libro está aquí. Supongo que es un gran logro, y fue fruto de mucho sacrificio.

Tuve el lujo de estar presente en la feria del libro de Buenos Aires firmando algunos ejemplares.

Si les apetece, pueden conseguirlo aquí:

https://www.tintalibre.com.ar/books/category/all/search/1/Notas%20Marginales  (formato físico o e-book)

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Ojalá tengan la oportunidad de leerlo.

Un abrazo a todos.

Día normal.

Era una seguidilla de días soleados.
No se porqué, pero el resplandor del sol pegaba en las veredas con brillo dorado,y todo parecía algo más luminoso.
Íbamos con mi hija de vuelta a casa, sin hablar de nada en particular.
Una mañana especial como cualquier otra.
Por la calle pasaban los autos,y recuerdo, en esa esquina en la que alguna vez pensé en vos, me llamó la atención el terreno pelado.
Tiraron la casa abajo- dije, mientras por la cabeza flotaba tu foto.
Si ma, hace bastante ya.

El perro del vecino nos esperaba, como siempre, para ladrarnos desde la cerca.
No se por que. Pero todas las veces me asustaba.
Yo si sabia que iba a estar ahí, acechando agazapado entre los floripondios de su dueña, esperando salir como bola de cañón furiosa. Pero al llegar, la conciencia se apagaba, y me tomaba por asalto el feroz ladrido.
Las dos nos asustamos , y entonces nos reímos.
Y yo ví, en su mirada pícara y cómplice, la chispa vaga de mi triste existencia y por un momento fugaz tuve esperanza.

De la casa en alto de la esquina colgaba ese jazmín de azahar precioso que yo cada verano envidiaba, regalándonos una rafaga perfumada con el viento. Me abrazó ese perfume, y me sentí agradecida de haber existido en ese instante;agradable, dulce… como la caricia de un hijo, o el día de cobro de un primer salario que ya no vería.
Y aunque me dio algo de nostalgia, seguí sonriendo, escuchando como bajo del agua la voz difusa de “la negra”, que no paraba de hablar. Nunca para de hablar.

El camino se hizo algo más corto. Algo más rápido. La bajada frenética del caminito parecía anticipar alguna cosa.
Un nudo en el corazón que era grande, como las paredes del barrio vecino, con sus alambres de púas y sus cámaras.
Y no se porqué. Pero de verdad, no lo entiendo. Al llegar a casa la luz se hacía cada vez más tenue, y cruzando la puerta , ya era un abismo.
Se apagó el sol, el azahar y la risa. Volvieron los recuerdos tristes y la angustia en la garganta.
Y nada había pasado. Ni bueno, ni malo.
Nada extraordinario, ni trágico ese día, más que cualquier otro.
Había sido uno más. Simple. Corto. Perfecto.
El día en que decidí morir.

Loca

Bajando del taxi me di cuenta de cuánto habían cambiado las cosas. 

Ya eran alrededor de las 11. 

La calle estaba vacía pero aún así las luces estrilaban en colores sobre los adoquines húmedos de la Perón. 

Tac tac tac tac. … los stilettos taladraban el silencio nocturno y parecían hacer eco. Así que pegué un saltito subiendo a la vereda y me detuve, un segundo, para contemplar el zaguán desvencijado. 

Cuánto tiempo había pasado. 

Ya 15 años. 

Y allí estaba, como una ruina luego de la guerra contra el progreso, los vestigios del que fuera el último conventillo en el conurbano. 

El viento húmedo del verano trajo el perfume de las madreselvas del patio interno. Trajo el ronquido de los perros y algunos recuerdos. 

Y no queriendo profundizar, mi pierna, adornada con la media negra y el zapato rojo fuego dió un paso sobre el escalón, y empujando la puerta pesada y verde tuve la sensación de haber despertado a toda la bendita ciudad con su lastimoso quejido. 

La dejé cerrarse sola tras de mí, viendo cómo la luz de la calle desaparecía y mi sombra se fundía con la oscuridad del pasillo. 

Solo en el fondo, algo de claro de luna…alumbrando aquel macetero enorme donde las enredaderas trepaban una palmera de la que ya no quedaba casi rastro.

Caminé, intentando que la pisada fuera discreta, rumbo a la que era «mi casa» …

Pero entonces «clac» …un sonido a quiebre y me empequeñeci de pronto de un costado. 

El taco se había clavado en un hoyo del suelo. 

Miré al piso, miré hacia adelante … .miré al piso de nuevo y suspiré pesadamente, maldiciendo a mis ancestros, que en tanto tiempo jamás pudieron arreglar esa carpeta pintada a mano y arenosa. 

¡Y yo …que venía a redimirme! ¡Y yo! Observé el taco metido en el hoyo a duras penas entre las sombras un instante, y sentí que me absorbía de a poco, como si el agujero se hiciera más grande, más profundo, y me tragara junto con todo el conventillo para llevarme al pasado. 

Nos ví, jugando a las bolitas e intentando meterlas en ese mismo hoyo. El desperfecto ideal para hacer nuestra cancha de contiendas diarias, viendo rodar los cristales y peleando a los gritos siempre al final. 

Pero no había vuelta. Al rato yo siempre pegaba el giro en ese laberinto de habitaciones y tocaba tu puerta para disculparme, y vos me regalabas alguna de las «gigantes» para hacer las paces conmigo.

 ¿Cómo no íbamos a ser amigos? Si nos habían parido en el mismo hospital de San Fernando, pegado a lo que fuera nuestra casa , y habíamos ido juntos al jardín soñando con llegar ahí donde iban «los grandes» que se juntaban a fumar en un rincón y nos saludaban por la ventana, en aquellos recovecos de la media 6.

Nos habíamos criado entre los mismos cuartos y olores, y con las mismas ollas enormes compartidas entre vecinos los fines de semana. 

Corríamos los mismos colectivos solo para ver quién se colgaba primero de la parte de atrás hasta que se bajaba el conductor del bondi para amenazarnos, y ambos, hablábamos con don Julio; el diariero, para preguntarle si iba a llover mientras el otro se robaba una Billiken. 

Éramos sin dudas , los maleantes del barrio. Y vivir en el conventillo nos daba ese toque de malevo que bien todos sabían mencionar antes incluso de preguntarnos el nombre.

No nos importaba. No nos importaba nada, mientras estábamos juntos. 

Pero como todo es complicado en esta vida, y nuestra niñez no era excepción a eso, nos hermanaba también llenar con las tragedias de nuestras infancias el cofre enorme de nuestros secretos. 

Yo ya sabía que si tu padre, militar hecho y derecho, te veía jugando conmigo; o venía de mal humor y tu madre aún no tenía la comida hecha, iba a tener que consolarte al día siguiente. Tapando los moretones con curitas inocentes e inventando peleas con patoteros para la chusma de la escuela. 

Y vos sabías…que cuando ese tío llegaba y cerraba la puerta con tranca, no ibas a poder hablarme después por días. Porque yo me guardaba escondido atrás de la pieza del tano para llorar sin que me vean hasta que se me pasara la sensación de mugre y de dolor del cuerpo. 

Nos amabamos. De la manera más pura y más hermosa que yo jamás haya conocido. Y me gustaba regalarte los cuentos que escribía en donde vos siempre eras el héroe…y yo, el desdichado en apuros, porque quizá en el fondo sentía, que mirando tus ojos, pequeños y verdes como el delta que nos rodeaba; y en el que habíamos crecido , me salvaba de la propia vida.  

Así nos mantuvimos, viendo los autos pasar, cada vez más modernos sobre el mismo empedrado. Hasta que empezamos la secundaria. 

Ya tu padre había subido de rango, y el ambiente se sentía algo agitado por aquellos años. Los 70. 

Te habías vuelto jugador de fútbol, con el equipo de la escuela y a pesar de que aborrecía el deporte, siempre hallaba placer en ir a verte. 

Tu cuerpo adornado de sudor, brillando con el sol como un rocío dorado, corriendo sobre el campo, era una visión que hacía que el alma se me deshiciera por la boca,mientras gritaba tu nombre para alentarte. 

Creo que sabías, ya por esas alturas, de mis particulares modos. 

Más de una vez le rompiste la boca a Juancho, el hijo del fletero, cuando camino a la escuela se asomaba por el pequeño balconcinto a gritarme «loca». 

Si. Vos sabías. Que no estaba loca al menos. 

Era un ente desahuciado y sensible en el cuerpo recio de un matón del conventillo. 

Admirabas mis escritos y siempre me pedías leerlos. Eras mi más cruel veedor a la hora de juzgarlos, pero siempre pensé que era porque me querías , y porque sabías lo que podía dar. 

Eras el único. 

Y esa tarde, en el nuevo bulo de soltero de tu padre en la zona «cajetilla» sobre Constitución, cuando después de un partido tomaste mi mano , fue el estallido de este volcán que yo ya no pude contener y al que le llamo deseo. 

Fue sin querer supongo.

 Tu viejo no estaba y nos habíamos tomado su Legui de un tirón. 

Yo estaba enojado por un comentario tuyo. Ya con mi pelo algo más largo y mi remera ajustada , marcandome el torso, amenacé con irme. 

Pero algo en vos no me dejó hacerlo. Te levantaste de la cama , y me  agarraste la mano. Y mi ser, contenido desde que descubrí tu existencia frente a mí, se despojo de la culpa y de la vergüenza para atreverse a darte el beso. 

Desconcertado estabas. 

Me miraste, bien de cerca. Tanto, que podía sentir tu exhalación sobre el labio superior. Y yo, hundiéndome una vez más en el bañado claro de tus ojos, a punto de llorar por lo que había hecho. 

Una puerta se abrió de golpe, y tu padre que entraba, se quedó estupefacto. 

Pasaron varios días. 

Y no volví a verte … Me sentía tan mal, que mi madre pensó que había pescado la fiebre esa que estaba de moda, y me dejó faltar a la escuela. 

Pero vos tocaste la puerta. 

Atrás, tu propia madre, a quien habías ido a visitar… yo pensé que venías a contarlo todo. De hecho me esperaba una piña de esas que nos dábamos jugando a las luchas a veces, pero no era eso. 

«Tenés que irte» dijiste. «Tenés que irte de acá, porque las cosas están difíciles y creo que mi padre va a venir por vos. El nunca nos va a perdonar». 

«Y vos, ¿nos vas a perdonar?» te repliqué. «¿Hay algo que perdonar?» 

Y mientras te sostenía la mirada con soberbia fingida, quien me había dado a luz, que ya entendía o sobrentendia todo, comenzaba a armarme un bolsito. 

Esa fue la última vez que dejé que me dijeran loca. Mi madre, gritando que por ser una «loca» ahora metía a todos en vericuetos. 

La tuya, porque no deberías haberte juntado con esta «loca» , pero sabes … el que más me dolió fue el tuyo. 

Y yo nunca pude descifrar si fue porque lo sentías , o solo por alejarme para mantenerme a salvo … 

«Solo andate, loca reventada» …y al pronunciar esas palabras se desprendieron dos lágrimas enormes , traslúcidas , por tu cara, dejando a su paso la marca presurosa de un arroyo, surcando la cicatriz bajo tu nariz y el golpe horrible que te habían dado y aún se notaba en tu mentón.

Me fuí.

Corrí a una estación . A una ruta. A un puerto …y me lleve a tierras lejanas por muchos años.

 Trabajé en mis penas y las hice poesía y trate de curar mis heridas en un lugar donde ser loca era arte , y la gente se decía libre ,y alegre , como yo solo había Sido con vos , en aquellos pasillos, jugando.

Y ya no quise mirar para atrás y jure volver solo para mostrarles a todos, como yo si podía ser alguien, siendo aquello que ellos despreciaban. 

Con los años llegaron el reconocimiento y el nombre. 

Y llegaron mis libros viajando en aviones hasta la nueva Buenos Aires. Incluso hasta el barrio. 

Y una satisfacción perniciosa e infantil me hizo querer bajarme en sus calles con mis maletas de Gucci y mis diplomas. 

Iba a ser la mejor venganza. 

Llegar con el propósito de perdonarme, a mí misma ahora, por aquellos años de autodesprecio y de desconsuelo. 

En el fondo, siempre fui yo…con nueva ropa, y nuevo nombre, y con años de vida encima;muchos amores y fiestas con intelectuales; con zapatos caros y paseos en yate …y con … siempre con este hambre, que terminaba por dejarme vacía, de ir a esos rincones a decirme en voz alta que estaba bien ahora…

Así lo hice. Crucé un océano para volver a la simpleza del barrio que me había visto de niño. Y escabulléndome en la silenciosa noche, llegué de nuevo al zaguán del conventillo. 

Hasta que pisé ese maldito agujero. Y allí mis berretines de diva empoderada, de diosa del Olimpo que se dignaba a tratar con humanos fueron a parar a dos centímetros redondos del encadenado del suelo. 

Sentí un roce en la oscuridad y me giré sobresaltada. 

Una mano destrababa el taco, y me liberaba como se libera un animal de una trampa de osos en la nieve. 

Era la tuya… y aún casi a ciegas, cuando al fin te paraste,el resplandor de la rendija hizo destellar tus ojos verdes, siempre verdes y hermosos, mi amor …

¡Y yo que venía a redimirme! ¡Yo que venía a reivindicarme !

«¡Tanto tiempo loca!» Salió de tus labios… y yo sabía que ya no era un insulto, sino vos sabiendo quien siempre había sido. 

«Tanto tiempo» susurré, atorada en tu sonrisa.

No quería ser perdonada. 

Ni por los míos, ni por mi misma , ni siquiera por vos….

Yo que venía a redimirme me di cuenta, de que solo había vuelto  por todo esto que siempre apreté entre los puños, y aferré en el pecho, por esto, que siempre había significado amarte. 

El cuello roto de la botella.

Lucrecia tenía las trenzas más largas y sedosas que yo hubiera visto. Muy largas. Y cuando el sol les daba de lleno por la ventana parecían bañadas en rocío. 

Obviamente, esto no solo lo notaba yo, si no también mi madre, quien cada vez que Rosa venía a casa, con Lucrecia flameando de su mano cuál banderín, no paraba de halagarlas.

Y no solo a sus trenzas. Más bien a toda Lucrecia. 

«Mira esas medias- decía- que bonita puntilla! A esta no podés ponerle eso, porque nada le dura limpio»

«Pero qué alta, que alta y que delgada estás Lucrecia! -y me miraba- ves que vos si estás gorda? A los gordos no los quieren. «

«¡Qué bien que se porta Lucrecia! ¡Es la hija que toda madre quisiera! ¡Ay! Porque no podés ser más así?» … y bla bla bla … con la Lucrecia. 

Obviamente yo la odiaba. A Lucrecia, y otro poco a mi madre. 

Pero a Lucrecia la odiaba. Sobre todo porque se notaba su sonrisa de regocijo cada que llegaba, y se retorcía de malicia, cuando empezaba mi madre a compararme con ella . 

Sí, odiaba a Lucrecia. Porque se le notaba que era mala. Pero al parecer solo yo me daba cuenta. 

Cada visita de Rosa era un suplicio que me cortaba la tarde en seco, dejándome sin energías para jugar. Ya los últimos tiempos me escondía . Sobre todo si venía con Lucrecia. Porque a ella se le había dado por juegos raros de doctores, y secretarias y otras pestes, que si me negaba a jugar, me valían una amenaza de correr con el cuento a mi madre. 

Ella sabía sí, sabía lo que pasaba con mi madre. Y yo sabía que mi madre siempre le creería a Lucrecia. 

Pasaron unos cuantos años, quizá fueron meses, pero para mí se hacía eterno el tiempo en aquel entonces, y algo dentro de mí crecía, oscuro y siniestro, como un huevo podrido y frágil. 

Quizá no entendía bien qué era, pero en las noches soñaba con Lucrecia. ¡Oh! Lucrecia, con tus bellas trenzas… que ganas de que un tren te pise y te las arrebate. 

Con el correr de los días en el horizonte, las visitas de Rosa se escucharon menos en el pórtico cada vez más plagado de orejas de elefante y enredaderas. Mi cuerpo, torpe, gordo, inútil, fue cambiando al de alguien que quería correr despavorido por la vida lejos de cualquier atisbo de recuerdo. 

El mundo fue dando giros, y donde había pasto y alguna oveja, el barrio ofreció ahora una torre. Y dónde había una calle de tierra, ahora había asfalto y bicicletas eléctricas. También, dónde hubo una madre, ahora no había nadie. Y me tocó regresar a esa casa derruida por el tiempo y hecha añicos. 

No iba a permanecer mucho tiempo. Solo lo suficiente para juntar lo poco valioso que sintiera hubiera quedado allí, como rehén de mi infancia, preso luego de mi huida: una muñeca vieja que amaba,  el estante de juncos donde ponía mis libros, ya favoritos en mi vida, y una capa tejida con la que jugaba a ser invisible. 

Pero será perra la existencia, que esa misma noche las luces encendidas deben haber revuelto el avispero, y poco después de las 10  sonaba mi timbre. 

¡Qué sorpresa al abrir la puerta! ¡Oh! ¡Bella Lucrecia! Radiante, delgada, hermosa como siempre. 

Por un instante quedé petrificada. Sentí como mis ojos se agrandaban, como si una parte de mi estuviera frente a un ente espantoso salido de un cuento de horror. 

Sentí el pasillo estremecerse y hacerse oscuro de repente, y el zumbido del viento que entraba por el zaguán me estremeció, y comencé a temblar. 

-¡Estás blanca! Me dijo – ¿estás bien? ¿Cuánto tiempo? 

Ella sabía, yo sé que ella sabía cómo había sabido siempre, que yo sentía miedo. Pero tragando saliva, e intentando mostrarme entera, la invite a pasar, latiendo en mí, aún, el huevo podrido y frágil, lleno de todas las cosas más horribles, más irremediables y temibles que pudiera sentir un humano. 

Ambas nos acomodamos en los viejos muebles de la cocina, mientras servía una copa de vino, y respondía con aires de superada al interrogatorio malicioso que aquella me lanzaba. 

-Tu mamá se puso triste cuando dejaste de venir-me dijo- no te sentís un poco mal por eso? Ella te extrañó mucho. 

El dedo en la llaga abierta me hizo vaciar la copa en un trago. Cómo siempre, era mala . Se regocijaba como siempre. 

-Si Lucrecia, yo también la extrañé mucho. Pero el trabajo y el estudio no me permitían verla. 

-Aaaa…- suspiró – … y a mi? No me extrañaste? 

Ya había pasado casi una hora. La casa se había vuelto pesada y el aire denso me hacía doler el cuerpo. Por un instante, creí ser la niña escondida tras las orejas de elefante, evitando mirar a los ojos a ese animal perturbado , tiritando de pánico, sin tener quien cuidara de mi. 

Pero al oír esas palabras, escuché un ruido extraño, un crujido , algo partiendose,muy cerca, y muy fuerte. 

La sensación de miedo desaparecía, y ahora, una furia secreta me llenaba de perverso coraje, y me sumía en un papel, cuál actriz,de dueña de mi vida, de loca, de mala tan mala como Lucrecia.

Contoneándome un poco le dije: 

-sí, también a vos. Me has dado muchas cosas valiosas, que he llevado conmigo y me han mantenido tenazmente viva. 

Jugaba con el borde del vaso, la miraba fijo a los ojos, y le hablaba sin titubear. 

Ella se jactó entonces y  me respondió que lo imaginaba, y quiso, en algún extraño impulso acercarse a mí. 

Esa fue la última noche que nadie vió a Lucrecia. 

Por un desperfecto de la casa envejecida, enmohecida y quejumbrosa, la electricidad falló, provocando un terrible incendio que lo consumió todo hasta reducirlo a cenizas. Incluyendo a la idiota de lucrecia,que ebria en el sillón, no pudo atinar a salir. 

Nadie jamás osó siquiera sospechar que el huevo se había roto, y mi alma, ahora hecha trizas, no pudo contenerme antes de quemarlo todo, de aventarle a la bestia mía unas treinta puñaladas con el cuello roto de la botella. 

Oh Lucrecia, ya no SOS tan bonita ni tan poderosa  ahora, verdad? 

El grito.

El grito. 

Corría por la calle como condenada, tratando de escapar de la lluvia que caía copiosa entre los árboles.

El día gemía horrible entre truenos y rayos que iluminaban de azul la calle. 

Con la ropa empapada y el pelo pegado a la cara, se avienta sin reparo sobre la reja de su casa, y al fin al abrir la puerta, suelta el bolso y las llaves en el suelo.

Desconcertada, inhala un par de veces, inmóvil, mirando algún punto perdido del pasillo.

Quizá su mente buscaba un segundo de silencio para procesar lo que había pasado. 

Repasó en su cabeza, como en una cinta en blanco y negro cada recorte de memoria. 

El se subió al auto. Ella no pudo decirle… él simplemente se fue. 

Parecía hipnotizada viviendo de nuevo la imagen vivida del taxi que partía frente a sus ojos sin poder hacer nada. 

Muchos años al resguardo de su tierna amistad y dando por hecho su presencia. Tanto tiempo guardando el secreto, egoísta, de quererlo. 

Quizá era lo mejor. 

Pero mientras se debatía estas cosas, el calor de la casa comenzaba a envolverla, y reaccionando al fin, como quien sale de un trance, el dolor se hizo grande y la dobló en dos. 

Nunca había sentido algo igual. Era una lanza atravesada en el pecho. Se vio a sí misma colgando de ella, sin poderla quitar. 

Se vio flotando en el aire, intentando arrancarla con ambas manos, mientras se le desgarraba el alma.

Era tarde … o no. 

Y las lágrimas rodaron mientras por la puerta aún abierta, entraban el agua, alguna hoja, y el viento.

En su bolsillo, una luz intermitente comenzó a vibrar, sin darle importancia al principio. 

Ante la insistencia, saco el teléfono, mojado también. Era su número, y una voraz desesperación la hizo atender. 

Su voz, como siempre,era calma. El sabía hablar pausado y parecer eterno. 

No pudo esperar a que terminara la frase, se imaginó nuevamente, intentando desclavar la lanza… te amo- gritó. Como un aullido. Sin medir el tono, sobresaltado e impaciente. 

-Te amo. – repitió. 

Y se apretó el pecho para tratar de que su corazón no escapara, mientras esperaba la respuesta.