Era una seguidilla de días soleados.
No se porqué, pero el resplandor del sol pegaba en las veredas con brillo dorado,y todo parecía algo más luminoso.
Íbamos con mi hija de vuelta a casa, sin hablar de nada en particular.
Una mañana especial como cualquier otra.
Por la calle pasaban los autos,y recuerdo, en esa esquina en la que alguna vez pensé en vos, me llamó la atención el terreno pelado.
Tiraron la casa abajo- dije, mientras por la cabeza flotaba tu foto.
Si ma, hace bastante ya.
El perro del vecino nos esperaba, como siempre, para ladrarnos desde la cerca.
No se por que. Pero todas las veces me asustaba.
Yo si sabia que iba a estar ahí, acechando agazapado entre los floripondios de su dueña, esperando salir como bola de cañón furiosa. Pero al llegar, la conciencia se apagaba, y me tomaba por asalto el feroz ladrido.
Las dos nos asustamos , y entonces nos reímos.
Y yo ví, en su mirada pícara y cómplice, la chispa vaga de mi triste existencia y por un momento fugaz tuve esperanza.
De la casa en alto de la esquina colgaba ese jazmín de azahar precioso que yo cada verano envidiaba, regalándonos una rafaga perfumada con el viento. Me abrazó ese perfume, y me sentí agradecida de haber existido en ese instante;agradable, dulce… como la caricia de un hijo, o el día de cobro de un primer salario que ya no vería.
Y aunque me dio algo de nostalgia, seguí sonriendo, escuchando como bajo del agua la voz difusa de “la negra”, que no paraba de hablar. Nunca para de hablar.
El camino se hizo algo más corto. Algo más rápido. La bajada frenética del caminito parecía anticipar alguna cosa.
Un nudo en el corazón que era grande, como las paredes del barrio vecino, con sus alambres de púas y sus cámaras.
Y no se porqué. Pero de verdad, no lo entiendo. Al llegar a casa la luz se hacía cada vez más tenue, y cruzando la puerta , ya era un abismo.
Se apagó el sol, el azahar y la risa. Volvieron los recuerdos tristes y la angustia en la garganta.
Y nada había pasado. Ni bueno, ni malo.
Nada extraordinario, ni trágico ese día, más que cualquier otro.
Había sido uno más. Simple. Corto. Perfecto.
El día en que decidí morir.
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Recuerdo

«El agua bien caliente, y la ponés rodeando la bombilla, ¿Ves? Y acá queda una islita de yerba seca».
Yo miraba maravillada sus dos manos sosteniendo el humeante mate, mientras el amanecer vibraba entre los sauces del patio.
Memorizaba el ritual paso a paso, y luego sorbía, hasta que empezaba a hacer ruidito. ¡Que delicia! Que reconfortante ese primer mate de la mañana, que yo me traje de recuerdo cuándo me tocó volver a Argentina.
Luego de esa visita a tu Palmira soleada, rodeada de ríos y lagunas de patos, yo ya no quería el desayuno.
Tomar mate me acercaba a ese escalón de la puerta trasera de tu casa y a Los momentos breves y felices que compartimos.
Me retaban en casa: No vas a crecer nunca! – Me decía mi vieja.
Y algo de cierto debía tener, porque no paso los 151 cm aún hoy.
Pero yo esperaba a que todos se sentaran en casa, y me unía discretamente a la ronda, para ver si tenía suerte. Y cuando al fin llegaba, el sabor de la yerba me transportaba a la rambla, y las monedas para correr al almacén de la esquina, y a buscar tortugas cerca del cañaveral.
Siempre te observaba mirar en silencio las flores de tu jardín.
Me pregunto ahora que pensabas, mientras se oía llegar la moto del abuelo; y Juan se comía tus «huevos fritos» en flor.
Los años pasaron. Pero aún despierto, y lo primero al abrir mis ojos, es poner la pava.
La ronda ahora incluye a tus bisnietos, incluso a sus «dragoncitos», o algún compañero de colegio.
Pero eso no importa ahora. Siempre mi compañía es el mate.
Se hacen las 7. Aún no llega el recreo, pero la universidad se siente fría. O quizá Soy yo.
Mi teléfono suena. Y entonces entiendo porqué los huesos se sentían como estacas en un invernadero silencioso.
Vos ya no estás en este mundo.
Y aunque yo corra, no hay forma de llegar a vos.
Toda esa noche pasa entre el lamento y la fatiga, pero ni bien la luz se asoma, ahí está: el mate.
Y yo me pregunto:¿Qué estarías pensando?
¿A qué parte de tu vida, a qué otra vida habrías viajado entonces, mientras el rocío caía sobre tu azucena favorita?
¿A qué amores habrás lamentado y que tristezas habrás disimulado por la sonrisa que dibujabas cuando yo te llamaba, impaciente,para que me sirvieras otro?
El agua bien caliente,la pones alrededor de la bombilla, y no toques la yerba seca en el medio.
Y así cada día, yo siento tus manos mapeadas entre las mías, abuela.