Voces

Hay una voz en mi cabeza
que no arde ni quema.
Como un murmullo desolado
en algún rincón estancado.
Yo la oigo gritar por las noches
y finjo ignorar su existencia,
porque me aturde la insistencia
de su incontrolable presencia.
Y no la curan los médicos,
ni la acallan las pastillas.
No la alivian las lesiones,
ni el abrazo,o las canciones.
Y me da miedo escucharla
y entenderla de algún modo.
Yo sospecho que es la muerte,
O mi alma, pidiéndome ser fuerte.

Día normal.

Era una seguidilla de días soleados.
No se porqué, pero el resplandor del sol pegaba en las veredas con brillo dorado,y todo parecía algo más luminoso.
Íbamos con mi hija de vuelta a casa, sin hablar de nada en particular.
Una mañana especial como cualquier otra.
Por la calle pasaban los autos,y recuerdo, en esa esquina en la que alguna vez pensé en vos, me llamó la atención el terreno pelado.
Tiraron la casa abajo- dije, mientras por la cabeza flotaba tu foto.
Si ma, hace bastante ya.

El perro del vecino nos esperaba, como siempre, para ladrarnos desde la cerca.
No se por que. Pero todas las veces me asustaba.
Yo si sabia que iba a estar ahí, acechando agazapado entre los floripondios de su dueña, esperando salir como bola de cañón furiosa. Pero al llegar, la conciencia se apagaba, y me tomaba por asalto el feroz ladrido.
Las dos nos asustamos , y entonces nos reímos.
Y yo ví, en su mirada pícara y cómplice, la chispa vaga de mi triste existencia y por un momento fugaz tuve esperanza.

De la casa en alto de la esquina colgaba ese jazmín de azahar precioso que yo cada verano envidiaba, regalándonos una rafaga perfumada con el viento. Me abrazó ese perfume, y me sentí agradecida de haber existido en ese instante;agradable, dulce… como la caricia de un hijo, o el día de cobro de un primer salario que ya no vería.
Y aunque me dio algo de nostalgia, seguí sonriendo, escuchando como bajo del agua la voz difusa de “la negra”, que no paraba de hablar. Nunca para de hablar.

El camino se hizo algo más corto. Algo más rápido. La bajada frenética del caminito parecía anticipar alguna cosa.
Un nudo en el corazón que era grande, como las paredes del barrio vecino, con sus alambres de púas y sus cámaras.
Y no se porqué. Pero de verdad, no lo entiendo. Al llegar a casa la luz se hacía cada vez más tenue, y cruzando la puerta , ya era un abismo.
Se apagó el sol, el azahar y la risa. Volvieron los recuerdos tristes y la angustia en la garganta.
Y nada había pasado. Ni bueno, ni malo.
Nada extraordinario, ni trágico ese día, más que cualquier otro.
Había sido uno más. Simple. Corto. Perfecto.
El día en que decidí morir.

El grito.

El grito. 

Corría por la calle como condenada, tratando de escapar de la lluvia que caía copiosa entre los árboles.

El día gemía horrible entre truenos y rayos que iluminaban de azul la calle. 

Con la ropa empapada y el pelo pegado a la cara, se avienta sin reparo sobre la reja de su casa, y al fin al abrir la puerta, suelta el bolso y las llaves en el suelo.

Desconcertada, inhala un par de veces, inmóvil, mirando algún punto perdido del pasillo.

Quizá su mente buscaba un segundo de silencio para procesar lo que había pasado. 

Repasó en su cabeza, como en una cinta en blanco y negro cada recorte de memoria. 

El se subió al auto. Ella no pudo decirle… él simplemente se fue. 

Parecía hipnotizada viviendo de nuevo la imagen vivida del taxi que partía frente a sus ojos sin poder hacer nada. 

Muchos años al resguardo de su tierna amistad y dando por hecho su presencia. Tanto tiempo guardando el secreto, egoísta, de quererlo. 

Quizá era lo mejor. 

Pero mientras se debatía estas cosas, el calor de la casa comenzaba a envolverla, y reaccionando al fin, como quien sale de un trance, el dolor se hizo grande y la dobló en dos. 

Nunca había sentido algo igual. Era una lanza atravesada en el pecho. Se vio a sí misma colgando de ella, sin poderla quitar. 

Se vio flotando en el aire, intentando arrancarla con ambas manos, mientras se le desgarraba el alma.

Era tarde … o no. 

Y las lágrimas rodaron mientras por la puerta aún abierta, entraban el agua, alguna hoja, y el viento.

En su bolsillo, una luz intermitente comenzó a vibrar, sin darle importancia al principio. 

Ante la insistencia, saco el teléfono, mojado también. Era su número, y una voraz desesperación la hizo atender. 

Su voz, como siempre,era calma. El sabía hablar pausado y parecer eterno. 

No pudo esperar a que terminara la frase, se imaginó nuevamente, intentando desclavar la lanza… te amo- gritó. Como un aullido. Sin medir el tono, sobresaltado e impaciente. 

-Te amo. – repitió. 

Y se apretó el pecho para tratar de que su corazón no escapara, mientras esperaba la respuesta.