Subís al tren y esta lleno.
Un zoológico en movimiento repleto de apretadas voces y olores,bajo el calor insoportable de la ciudad.
Me gusta imaginarme el viaje en blanco y negro,como una foto,para no perder en los matices los gestos y las muecas de la gente cansada y los turistas.
Una ocasional risa o la visita espontanea de algún artista callejero que alegra el trayecto,mientras las piedritas vibran sobre las vías.
Todo muy pintoresco. Todo muy de Buenos Aires.
Solo querés llegar a retiro ,para abrazarte al tumulto que cruza la avenida.
Rogas que el día pase rápido para rehacer el camino ,y eso es la rutina.
Entre vendedores y bicicletas. Bañado ahora por las estrellas y el parlante que grita que se te va la formación.
Nada te llama la atención,en esa vida en monocromo,hasta que pasa alguna vez.
Asomando por el anden esta su cara.
Su cara angelada. No importa quien es. Pero es hermosa. La ves de lejos y se nota lo triste que está.
El zonda del verano la despeina,pero se queda,impávida,como esperando arrivar para volver a ninguna parte.
Alguna vez pasa.
A esa altura el tren va frenando.
Pero como clavas el freno de un elefante metálico, a metros de una mariposa.
Siempre es tarde.
La gente se horroriza. Grita,graba,o llora.
A veces ella,es el. Pero eso no importa.
El tren para la marcha ,y sabes que ya no llegas a destino. Van a pasar muchas horas ,antes de que la normalidad retome el curso del día y la gente se olvide, aún así, mas rápido de lo que se levanta el cadáver, de que alguien le truncó el camino,y se truncó, a si mismo, en un segundo,la vida.













