Bajo el pequeño toldo del café, se sentaba cada tarde.
Las estaciones pasaban,cambiando los colores de la ciudad.
Pasaban las personas,una y otra vez, al ritmo inagotable de la rutina.
Las horas implacables. Las semanas.Solo eran tiempo… Porque él daba todo,por sentarse allí cada tarde, aferrándose al tibio cristal de la taza,sólo para verla salir por la puerta,esperando que alguna vez volteé a verlo,y deseé volver a él.»